Javiera Donoso
Por Javiera Donoso
Psicóloga especialista en reparación emocional y temáticas de autocuidado y autoestima.

Me temo que la respuesta a esta pregunta es un doloroso sí. La enfermedad por tanto como contracara, es un estado de absoluta vulnerabilidad e indefensión.

En mi libro “Bendito Cáncer” relato mi experiencia como paciente cuando me tocó sufrir una enfermedad “catastrófica”; un cáncer gástrico. En ese momento no contaba con los recursos económicos para una cobertura privada de salud, por lo tanto, me atendí en el sistema público. Por fortuna, mi enfermedad estaba acogida al GES y me atendieron bastante rápido, lo cual fue clave en mi pronóstico. De todos modos, la experiencia fue dura e incómoda, comenzando por la poca empatía del médico que me diagnosticó e informó sobre el tratamiento de mi patología, transmitiéndolo sin ninguna sensibilidad, tacto ni respeto.

Respondiendo a mis interrogantes con desafortunadas ironías y tecnicismos incomprensibles para mí, en especial pasando por un estado de shock y conmoción emocional, totalmente comprensible cuando a los 35 años te dicen que vas a ser sometida a una gastrectomía o extirpación completa del estómago.

Luego de la cirugía al ser trasladada a una sala común dónde éramos 8 las que habíamos perdido un órgano y pasábamos por una recuperación dolorosa, a ninguna de nosotras nadie nunca nos preguntó cómo nos sentíamos y no me refiero a si teníamos ganas de orinar o la sonda estaba limpia, si no a la pregunta humana y subjetiva: ¿cómo te sientes? no la escuché ni una sola vez. Es más, recuerdo paseos de internos preguntando una y otra vez las mismas cosas y a mí  con un especial interés por lo infrecuente que era a mi edad haber sido operada de un cáncer gástrico bastante grave. Era como el atractivo turístico y en sus rondas diarias el médico explicaba mi historia clínica como si yo no estuviera ahí.

En ese lugar no se podía sentir, decidir, opinar o tener algún tipo de participación de las decisiones que se tomaban sobre el propio cuerpo y tenían que ver con la propia vida. Pero al ser “paciente” no hay otra opción, pierdes todo tu poder, debes confiar y entregarte en las manos del profesional, el seguro de salud, el Estado, la ley, etc. Lo menciono en las reflexiones finales de mi libro “Bendito Cáncer” y lo vuelvo a repetir, las personas que padecen una enfermedad, cualquiera que sea, no deben ser considerados como parte de otra categoría o cuestionados en sus acciones y formas de vida, con esto agravamos su dolor.

Desde mi visión, este es uno de los problemas por los que ha sido tan difícil enfrentar esta pandemia con responsabilidad personal y social; estamos demasiado acostumbrados a delegar en otros esa responsabilidad, vivimos en un sistema cultural acostumbrado a “curar” y no a prevenir la enfermedad. Tratamos al enfermo como alguien invalidado que termina actuando como un niño ante la omnipotencia de sus padres.

La salud es un estado de superioridad en términos psicosociales y depende de nosotros corregir este error, que le quita al enfermo su dignidad y también su responsabilidad. A su vez, la persona sana no valora ni cuida este estado. Vivimos en una cultura que se alimenta mal, que vive sedentariamente y bajo preocupantes niveles de estrés. Todos factores de riesgo para una amplia gama de enfermedades y pareciéramos no tomar conciencia de ello. Sin ir más lejos, en pandemia se hacen fiestas clandestinas masivas, en donde nadie piensa en su salud o la de su entorno. Ejemplo dramáticamente claro de la arrogancia y omnipotencia del que piensa que es intocable por la enfermedad.

Durante estos meses de crisis sanitaria, hemos sido testigos de la testarudez, la indolencia y la irresponsabilidad con la que muchas personas han enfrentado esta pandemia, en la ilusión de ser “superiores” o “intocables”. Hasta que esa ilusión no caiga, a propósito de la propia enfermedad o la de un ser querido, hasta que nos demos cuenta de la vulnerabilidad humana, por la razón o por la fuerza, continuaremos perpetuando dinámicas de descuido, hacia nosotros y nuestro entorno. Segregando al enfermo para expulsarlo de nuestra conciencia, en un mecanismo burdo de defensa, similar al que opera con la pobreza, si no lo veo no existe, si no existe no es mi responsabilidad hacer algo al respecto.